Una buena reflexión del periodista Maximiliano Tomas en el diario La Nación, el 9 de abril de 2012. Para pensar y discutir:
Va a sonar como si lo que cuento perteneciera a la
prehistoria, pero la verdad es que no pasó hace tanto tiempo. Los que
comenzamos a ejercer el periodismo a mediados de la década del 90 no
habíamos siquiera escuchado hablar de Internet. Tampoco de la telefonía
celular. Para eso faltaba al menos un par de años. Usábamos el teléfono
fijo para concertar y realizar entrevistas (y la guía de teléfonos para
ubicar a los entrevistados), aunque la mayor parte de las veces las
hacíamos en persona. Utilizábamos grabador y cassettes. Desgrabábamos
casi todo, perdíamos mucho tiempo en eso, pero no veíamos alternativa.
Cada vez que teníamos que chequear un apellido, una fecha o recordar una
efeméride usábamos el diccionario, la enciclopedia, íbamos a una
biblioteca o preguntábamos a nuestros compañeros de redacción: a veces
había por ahí uno de esos viejos periodistas de memoria imbatible o
cultura renacentista. Cuando necesitábamos citar una fuente, o cotejar
una información, o ponerle background o color a una historia, teníamos
que bajar o subir de piso hasta un espacio que aún existe y pocos usan y
se llama Archivo. Ahí nos daban unos sobres de papel madera, rotulados
con el nombre de nuestro personaje y lleno de recortes en papel de notas
viejas: de allí sacábamos la información necesaria. Algunos
afortunados, además, teníamos jefes que amaban la profesión como
nosotros, tipos a los que les gustaba formar nuevos periodistas, que no
nos dejaban pasar una y a veces nos mandaban a reescribir las notas
enteras, cuando no las destrozaban; pero cada vez que metían mano en
nuestros textos lo único que hacían eran mejorarlos.
Supongo que para los fotógrafos y reporteros gráficos habrá habido, en estos quince o veinte años, cambios similares: hasta no hace mucho en todas las empresas periodísticas existían laboratorios donde se revelaban, todos los días, las imágenes que iban a usarse para ilustrar las notas. Hasta que sus rollos no eran revelados, los reporteros no sabían si tenían la foto que habían ido a buscar para acompañar la tapa o abrir una nota. En fin, que el periodismo debe ser una de las profesiones que más cambió con el desarrollo de la fotografía digital, Internet, la telefonía celular y las nuevas teconologías, porque nuestra única materia prima siempre fue la información. Y sin embargo el oficio ha sufrido una crisis de estimación y valoración, los lectores son cada vez más escépticos, y la calidad de las redacciones (a pesar de la proliferación de las carreras de periodismo) no necesariamente es superior. No creo en edades doradas, no añoro épocas pasadas, prefiero trabajar como hoy que como hace dos décadas, pero es probable que el periodismo escrito que se hace en la actualidad sea peor que el que se hacía antes. Y que aún con la gratuidad y la ubicuidad de las fuentes de información disponibles, tampoco los lectores hayan hecho un gran salto de calidad, como se pretende. ¿Por qué?
El listado de razones debe ser, por lo menos, largo y
variado. La durabilidad de las noticias es cada vez menor, lo que obliga
a escribir más rápido, más corto, de manera menos reflexiva y
analítica. La multiplicación de las plataformas de publicación web hizo
que el acto de escribir sea accesible para todos, generando una
confusión: escribir bien parece fácil pero no lo es. Y, además, hacer
periodismo no es sólo escribir (ése es el último paso), sino investigar,
reflexionar, entrevistar, jerarquizar la información, contextualizar,
editar, corregir y recién después publicar. Por otra parte, el del
periodismo suele ser un oficio mal pago (y esa tendencia se profundizó
en los últimos años; si de casualidad advierte que en los últimos días
hay medios impresos cuyas notas salen sin firma, se trata de un reclamo
de los trabajadores de prensa por negociaciones paritarias, algo que no
sucede hace mucho tiempo), que demanda por eso una dosis extra de
voluntad, además de pasión, paciencia e inteligencia. Creer que se puede
hacer sin todos esos elementos es un error. El mismo error que se
comete cuando alguien decide hacerse periodista por narcisismo, o por
ansias de figuración, o para hacerse amigo de los poderosos o conocido
de los personajes célebres o mediáticos.
Después, claro, están los vicios del ejercicio
cotidiano de la profesión. Los que trajeron las nuevas tecnologías (hoy
lo común es resolver los artículos desde un escritorio, sin pisar la
calle durante días o semanas) y los otros. ¿Cuáles? La falta de
información de primera mano, los sobreentendidos y el excesivo uso de
potenciales en la sección Política. La atención brindada a la
superficialidad, el apego a lo que pasa en la televisión e incluso la
publicidad encubierta en Espectáculos. La endogamia y el discurso del
aguante y la tribuna llevado al papel en Deportes. El optimismo
desbordado, la celebración de cualquier obra banal, feria o evento sin
interés como si fuera algo imperdible en Cultura. La opinología elevada a
la categoría de ciencia en las secciones de Opinión. Y así.
¿Y qué pasa con los lectores, sobre todo en Internet?
¿Qué pasa con ese magma intratable de insultos, prejuicios y odios que
recibe el nombre genérico de Comentarios y que pasó a ser algo así como
el people meter de las noticias en Internet, el rating por el
que se mide el éxito de un artículo? Supongamos que el periodismo
ciudadano existe, y que no se trata de una nueva etiqueta del marketing
informativo, aunque creamos secretamente que tomar una foto con un
teléfono en la calle y mandarla a una redacción está lejos de convertir a
alguien en periodista. ¿Qué hacer con las personas que están del otro
lado del papel, de la pantalla, con los lectores y con los consumidores?
¿Cómo satisfacerlos y darles participación sin dejar que virtudes
esenciales de Internet como la anarquía, la hibridez y la libre
circulación de contenidos acaben por destrozar toda opinión y
credibilidad? Un nuevo pero viejo debate: ¿qué hacer con los comentarios
que acompañan las notas?
Hay quienes creen que deben publicarse tal cual llegan,
otros que hay que moderarlos, y otros que debieran estar habilitados
para unas pocas secciones. Hay quien propuso arancelarlos. Quien reclama
que, para comentar, los usuarios deban registrarse con datos verdaderos
y verificables. ¿Y por qué no un sistema mixto, que incluya estímulos o
premios para las mejores intervenciones (una suscripción, tal vez),
aquellas que suman datos o una mirada interesante a los artículos
publicados por los medios? Porque si hay algo que se hace cada vez más
evidente es que el sistema actual, que funciona como una máquina de
generar insultos y difamaciones a periodistas y otros foristas dista de
ser perfecto.
Un amigo columnista de otro medio me contó hace poco que logró que cerraran los comentarios para sus artículos. Cuande le pregunté por qué, me respondió: "Porque los comentaristas son el fascismo con máscara de libertad de opinión. Qualunquismo de la peor especie, doxa, sentido común reaccionario de izquierda o derecha, el infierno de o que, en la vida real, evitamos cuidadosamente". El neologismo Troll se acuñó hace ya un buen tiempo para referirse al abuso de este tipo de intervenciones, que casi siempre se hacen desde el anonimato.
Un amigo columnista de otro medio me contó hace poco que logró que cerraran los comentarios para sus artículos. Cuande le pregunté por qué, me respondió: "Porque los comentaristas son el fascismo con máscara de libertad de opinión. Qualunquismo de la peor especie, doxa, sentido común reaccionario de izquierda o derecha, el infierno de o que, en la vida real, evitamos cuidadosamente". El neologismo Troll se acuñó hace ya un buen tiempo para referirse al abuso de este tipo de intervenciones, que casi siempre se hacen desde el anonimato.
Que quede claro: no digo que el de la injuria no pueda
ser un arte, si se lo ejercita con inteligencia y estilo. La historia (y
no sólo la argentina) es pródiga en ataques y libelos de punzante
animosidad que artistas, pensadores y políticos lanzaron contra sus
adversarios. Pero el insulto desnudo, la malicia gratuita, el rencor
vacuo para rebatir argumentos está más cerca del arrebato infantil o la
debilidad mental que de cualquier otra cosa. Más aún si se hace desde la
libertad mal entendida que ofrece el anonimato, que permite violentar
una opinión o una idea sin la mínima posibilidad de sufrir
consecuencias. No tan en el fondo, los comentaristas de la era de
Internet se están perdiendo, junto a los periodistas profesionales, la
gran oportunidad de hacer un periodismo mejor.
Uno que reciba una fiscalización constante del lector,
claro, pero también el aporte de sus conocimientos, sus reflexiones, sus
ideas. Porque lo que se escribe debajo de cualquier artículo puede no
tener que tener obligadamente destino de papelera de reciclaje: podría
convertirse en una extensión de la misma nota, agregando datos,
confrontando ideas, marcando errores. Intuyo que esa fue la idea
original con que se creó y habilitó ese tipo de espacios (con la
dignidad y la belleza que arrastraba una palabra como Foro ), que nosotros, imperfectos como somos, nos encargamos una vez más de arruinar.
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