"Para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias", Ryszard Kapuscinski

sábado, 18 de agosto de 2012

Jon Lee Anderson la tiene clara

La claridad conceptual es una característica y cualidad básica para que tienes desarrollamos el uso de la palabra. En mi caso el periodismo y la docencia. Comparto una definición del norteamericano Jon Lee Anderson que publicó La Nación http://www.lanacion.com.ar/1497604-el-cazador-de-historias

¿Cómo definiría a un buen periodista? -le preguntan-: "Como alguien que trata de romper los moldes y los estereotipos, que busca historias que nos dicen algo nuevo, que rompe el molde de percepciones tradicionales, que no hace un periodismo reconfortante que llena las páginas sino un periodismo inquietante, y que nos abre los ojos en torno a nuestro mundo. Uno no lo logra siempre, pero eso es el buen periodismo. Son historias que nos enseñan algo en el momento y con las que nos sentimos más instruidos para el futuro".

Si te interesa saber más, el artículo es altamente recomendable.

viernes, 10 de agosto de 2012

Freire creía en sus alumnos, yo también

 
Paulo Freire (1921-1997) fue uno de los mayores y más significativos pedagogos del siglo XX. Con su principio del diálogo, enseñó un nuevo camino para la relación entre profesores y alumnos. Sus ideas influenciaron e influencian los procesos democráticos por todo el mundo. Fue el pedagogo de los oprimidos y en su trabajo transmitió la pedagogía de la esperanza. Influyó en las nuevas ideas liberadoras en América Latina y en la teología de la liberación, en las renovaciones pedagógicas europeas y africanas, y su figura es referente constante en la política liberadora y en a educación. Fue emigrante  y exilado por razones políticas por causa de las dictaduras. Por mucho tiempo, su domicilio fue el Consejo Mundial de las Iglesias en Ginebra, Suiza.

La propuesta de Freire es la «Educación Problematizadora» que niega el sistema unidireccional propuesto por la «Educación bancaria» ya que da existencia a una comunicación de ida y vuelta, y elimina la contradicción entre educadores y educandos. Ambos, educador y educandos, se educan entre sí mientras se establece un diálogo en el cual tiene lugar el proceso educativo. Con la «Educación Problematizadora» se apunta claramente hacia la liberación y la independencia, pues destruye la pasividad del educando y lo incita a la búsqueda de la transformación de la realidad, en la que opresor y oprimido encontrarán la liberación humanizándose.

jueves, 31 de mayo de 2012

Ellos nos contaron qué pasó el 11-A: Hablan los testigos


El próximo lunes 4 de junio, a las 10.30, en el aula 4 de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social, edificio Néstor Kirchner, de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) proyectaremos el documental de Ángel Palacios "Puente Llaguno: claves de una masacre". Luego del audiovisual conversaremos con Emma Grand, una colega venezolana que escribió el excelente artículo que les dejo a continuación. Los esperamos.

Caracas, 10 Abr. ABN (Emma Grand).- “¿A qué está jugando la policía"” se preguntó Ángel Palacios, realizador del documental “Puente Llaguno: claves de una masacre”, cuando la tarde del 11 de abril de 2002 observó a funcionarios de la Policía Metropolitana (PM) disparar contra las personas que se encontraban concentradas en las cercanías de Puente Llaguno.

Palacios se encontraba ese 11 de abril, desde horas del mediodía, grabando imágenes de la concentración de apoyo al presidente Hugo Chávez en Puente Llaguno. “Cuando llegamos vimos lo mismo de los dos días anteriores, el 9 y 10 de abril: la gente alegre, celebrando. Ahí se había colocado una tarima con música y un micrófono libre para que las personas se expresaran en público”, refirió.

No obstante, recuerda Palacios que a los minutos empezó el nerviosismo en la gente que estaba en la concentración, “porque se empezó a escuchar que la marcha de la oposición se dirigía hacia donde estábamos nosotros. Y las personas se preguntaban 'cómo podía suceder eso si estabamos reunidos acá desde hace tres días'”.

La alerta se despertó, relata Palacios, cuando cerca de la Esquina de Bolero empezaron a pasar personas gritando que les habían disparado. “Y en eso pasó una persona que casi tumba la tarima: ‘quiero denunciar que la policía me disparó, la Policía Metropolitana’. Esta persona mostró un brazo y luego una pierna, donde le dieron los disparos, en la Avenida Baralt”.

Palacios cuenta que decidió acercarse hasta donde estaban disparando: “Llegué a la Esquina La Pedrera, hasta donde la gente de la oposición había llegado. No subían porque los bolivarianos estábamos en la parte norte. Nos tirábamos piedras, palos, botellas y nos insultábamos (simpatizantes de la oposición y de la revolución). Yo estaba filmando todo eso.

También estaba Jorge Recio por ahí tomando fotos. Pero de repente la policía sube y empieza a echar plomo. Ya le habían dado a varios compañeros, pero el primero más grave fue Tony Velazco, que le dispararon en la cabeza...

A Tony no se lo llevó la Policía Metropolitana. Los funcionarios lo vieron herido y se fueron.

Luego se acercaron los compañeros bolivarianos que estaban a la altura del Puente Llaguno, lo recogieron y lo llevaron al Palacio de Miraflores. Ahí fue cuando nos preguntamos: "¿A qué está jugando la policía"", porque los manifestantes de la oposición que venían marchando desde el este de la ciudad no tenían intención de llegar hasta la casa presidencial, es más, si no les hubieran metido casquillo los líderes de la oposción, se hubieran quedado en Chuao”.

Pero en ese momento, confiesa Palacios, sentía una mezcla de miedo con rabia, “porque lo que estaba pasando no era una acción normal de una manifestación, lo que estaba pasando era que estaban disparando unos tipos escondidos con armas de precisión. Me acuerdo que a Rudy Urbano Duque, que estaba frente al portón del estacionamiento de la Cancillería, le pegaron un tiro y quedó un sólo hueco de bala en el portón, es decir, que a él le apuntaron de lejos y ahí mismo le dieron”.

Al igual que al señor Erasmo Sánchez, quien estaba en la baranda de Puente Llaguno ese día en la tarde, y que fue alcanzado por un proyectil en el ojo, un disparo directo a la cabeza.

Los funcionarios policiales no pretendían dispersar a nadie, dijo Palacios, por el contrario, “ellos lo que estaban buscando era crear los muertos. Paraban los disparos en un momento y luego empezaban otra vez a disparar. La gente decía: "Ya pasó", pero otra vez volvía el o los francotiradores, en combinación con la policía de civil, los uniformados y los tiradores encubiertos que estaban dentro de la Ballena y en las esquinas del lado este de la Avenida Baralt”.

“Escuché los tiros, vi los tiros, grabé a un francotirador, y bueno, vi gente morir ahí”.

Por su parte, la documentalista Lilian Blazer recuerda que alrededor de las 2:30 de la tarde de ese 11 de abril se encontraba a la altura de la Esquina La Pedrera con su cámara de video.

“Cuando llegué ahí, justo después de la sede de la Asamblea Nacional, se oía mucho ruido. Yo no sé nada de balas ni quiero saber, no sabía si eran bombas lacrimógenas, si eran tiros, me imagino que era todo mezclado”, contó.

Blazer dijo que en ese lugar vio parte de la marcha “que para mí no era exactamente lo más representativo de la gente de la oposición que vi concentrarse en la mañana en Chuao, sino que era una fuerza más bien de choque”.

“Yo sentí que esa no era gente de Altamira. Estaban bastante agresivos, tirando piedras. Tengo tomas donde están rompiendo asfalto para agarrar piedras, subían y bajaban por la Avenida Baralt. La Policía Metropolitana subía y bajaba también con estos manifestantes”.

La concentración de simpatizantes del gobierno del presidente Hugo Chávez se encontraba al norte de la Avenida Baralt, cercana a Puente Llaguno.

Blazer grabó a varias personas cayendo: “vi a un ciudadano impactado de bala en la cabeza, que después se supo que era un funcionario de la Dirección de los Servicios de Inteligencia y Prevención (Disip), Tony Velazco, botando sangre por la boca. Fue realmente terrible”. Y luego al fotógrafo Jorge Tortoza, a quien Blazer grabó caer en el momento cuando le pegaron el tiro en la cabeza en la Esquina La Pedrera.

Cuenta que cuando las personas que se encontraban junto a ella en la Esquina La Pedrera vieron disparar desde el edificio La Nacional echaron a correr hacia el Parlamento. “Recuerdo que me caí, y dos personas de la marcha de la oposición me ayudaron hasta que me pude parar, luego me acerqué a la Plaza Bolívar, donde había una trifulca y se me daño la cámara”.

“Llamé a una prima para buscar otra cámara, porque estar en una situación que se veía de bastante peligro y sin la cámara era como absurdo. Si me voy a arriesgar me arriesgo para hacer tomas, no para estar mirando”, dijo Blazer, quien se fue del lugar, pero al regresar al centro de la ciudad ya había pasado la violencia.

Otro testigo presencial de lo que sucedió ese 11 de abril fue el periodista de Radio Fe y Alegría Reinaldo Linares, a quien le tocó reportear el comienzo de la marcha de la oposición, prevista a las 8:00am en Chuao (al este de la ciudad).

“Pero una vez que arranca la marcha, en la radio me dan la instrucción de seguirla unos minutos y luego trasladarme a la Asamblea Nacional, que es mi fuente habitual. Era jueves y había sesión como todos los jueves en la mañana”.

Comenta Linares que en el palacio legislativo se celebró la sesión de manera normal, “aunque todos los parlamentarios estaban pendientes de lo que pasaba en la calle a través de los medios de comunicación. Igualmente nosotros (los periodistas de la fuente) acá”.

Asimismo, cuenta Linares que, pasadas las dos de la tarde, se puso de acuerdo con los demás periodistas de la fuente para cubrir lo que ocurría en la Avenida Baralt: “Si vemos mucho peligro nos replegamos y volvemos al palacio. Eso lo hicimos varias veces, íbamos, nos acercábamos a la Baralt, observábamos y luego, cuando empezaban los disparos regresábamos, el problema era que uno no sabía de donde venían los disparos”.

Linares nunca vio a los francotirados, pero admite que no sabía de dónde venían las balas... “Eso te da una idea de que eran personas que estaban disparando de manera planificada, bien ubicadas y apostadas, y personas profesionales en esta materia. La persona que le disparó al reportero gráfico Jorge Tortoza, por la manera cómo lo hizo, la distancia y dónde le entró, da a entender que eran profesionales”, comenta.

“Ese fue un día terrible, nunca los venezolanos, y sobre todo los que viven en Caracas habían sido sometidos a una situación de verdad tan extrema”, reflexionó el periodista de Fe y Alegría.

Lo que transmitían los medios ese día...

Comenta Palacios que el 11-A, en la Esquina de Bolero, había un televisor y, en la noche, “cuando vemos el noticiero, nos percatamos de que nuestros muertos eran presentados como los de la oposición, y los que defendieron el puente Llaguno ese día, que eran compañeros que estaban ahí para entrompar a la policía y evitar que siguieran subiendo, los presentaban como si fueron los que habían disparado a los que habían muerto detrás de ellos. Eso me dio una mezcla de rabia con miedo”.

Cuenta Palacios que llamó a un compañero a las ocho de la noche para que lo buscara en su auto. “Viene el compañero, y cuando nos montamos en su vehículo, el hombre estaba impactado, le temblaba la voz, y le preguntamos ´¿qué pasa viejito, qué viste"´, y respondió: ´lo vi todo, ¿qué hicieron ustedes, se volvieron locos?"´.

Le respondió Palacios: “No vale, yo estuve ahí, yo no vi a nadie marchando por debajo del puente, sólo a la Policía Metropolitana y ni siquiera llegó hasta el puente, y los muertos que yo vi eran nuestros compañeros, yo no vi muertos del otro bando. Agarramos la cámara y le mostramos las imágenes: ´mira, esto fue lo que yo vi, a Erasmo lo habíamos grabado nosotros.´Sí ese lo vi, pero ¿no es de oposición", no ese es nuestro, un compañero nuestro´.

¿Qué pasó?

“Durante el 11-A yo no pude cuestionar nada de lo que pasaban en los medios, porque no vi nada hasta lo último en la noche, y la gran pregunta no era qué hacen los medios, la gran pregunta era ¿dónde está Chávez?, hasta que apareció... 

Luego, la pregunta del 14 de abril era ¿dónde está nuestra gente, dónde están nuestros presos?"

Y por último la pregunta era: coño, ¿qué fue lo que pasó?, y la única versión, digamos, sustentada con imágenes era la de la oposición, que la divulgaron por todas partes”.

"Y así estuvo por unos meses. Yo fui testigo de cómo familias denunciaron a personas que estaban en Puente Llaguno porque creyeron más en lo que presentaba Globovisión y Venevisión que en lo que había hecho su familiar".

Señala Palacios que el día 14 de abril había una pelea por la verdad, por develar la verdad. A Juan Barreto, que era diputado, le entregamos las imágenes de lo que ocurrió en la Avenida Baralt como evidencia. La transmitieron por la Asamblea Nacional.

"Nuestra obligación moral era buscar la forma de demostrar qué fue lo que había pasado, y ese trabajo de búsqueda de material incluyó videos que vecinos de la Avenida Baralt habían filmado y grabaciones hechas por trabajadores de los medios comunicación privados, Globovisión, Venevisión, Televen, que nos dieron, bajo cuerda, escondidos.

"Un año buscando material por todo el país, analizando, comparando, buscando testimonios".

Palacios comenta que el 12 de abril, a las 6 de la mañana, llegaron al centro de la ciudad, y con la cámara de video grabaron los impactos de bala. "Ahí se veía clarito que los impactos de bala venían del sur hacia el norte, incluso, en los postes de alumbrado, que eran de metal, se veían doblados, que para que se doblen eso tenía que ser un arma larga, no una pistolita, y todo venía de abajo hacia arriba".

“A la semana habían borrado todo, no sé quién, pero frisaron las paredes, taparon los huecos, cambiaron los postes, y cuando volvimos otra vez a tratar de hacer las imágenes con calma, con trípode, habían borrado todas las evidencias de disparos del sur hacia el norte".

Por su parte, la documentalista Blazer reflexiona sobre su trabajo: "La obligación de quien hace documentales es estar en el sitio y darle voz al que no la tiene. El hecho de que haya una cámara en una situación de conflicto o violencia, ayuda a que no haya silencio, porque el silencio es el cómplice de la impunidad".

"Si no hubiera habido una cámara, un fotógrafo, ese 11-A hubiera quedado impune, estarían pagando 20 años de cárcel los que defendieron a los compatriotas de Puente Llaguno. Pero no, ahí quedó grabada la policía disparando".

La lección

Para Palacios, la principal lección es que todo 11 tiene su 13, y eso se aplica también a los medios de comunicación.

"El pueblo no es pendejo, los dueños de medios todavía no lo han entendido del todo, quizás siguen pensando que el espectador es idiota, que consume cualquier basura que le transmitan, que cualquier mentira la pueden convertir en verdad, pero la realidad es que después del 11 de abril Venezuela volvió a nacer, la gente no cree lo que le dan los noticieros, investigan”.

La segunda lección, dice Palacios, es que "durante muchos años uno creía que un canal de televisión sólo lo podían tener los ricos y se demostró, después del 12 y 13, que no, que los medios comunitarios, los productores independientes fueron los que estuvieron en la linea de batalla, que muchas imágenes salieron gracias a los videos aficionados, que realmente fueron los que estuvieron haciendo televisión. Después se demostró que una televisora estando en manos del pueblo es hasta una mejor televisora".

La tercera lección "es que como otro mundo es posible, otra televisión es posible, y no sólo posible, necesaria, yo creo que hacen daño televisoras como Globovisión, por la cantidad de veneno que inyecta, por el daño económico, incluso, que le hacen al país al poner a correr rumores y convertirlos en una verdad en su pantalla".

FIN/ABN/EG/UNI/

domingo, 20 de mayo de 2012

Cómo buscar información en la web profunda

Por Sandra Crucianelli
 
En tiempos en los que el periodismo de datos contribuye a mejorar la calidad de los contenidos periodísticos, la captura de información es el primer eslabón de una sucesión de pasos entre los que se incluyen el procesamiento, la depuración, la contextualización y la visualización.

No solamente es suficiente “ver” datos a través de una pantalla, sino tener la capacidad para capturarlos, lo cual se convierte en pieza clave de esta estrategia.

Hay muchas formas de obtener datos: el rastreo de la web, conocido como searching, es una de ellas y probablemente la más utilizada.

Sin embargo, hay una importante cantidad de información que puede ser recuperada por los mecanismos comunes de búsqueda.

El espacio de la Red donde se alojan esos contenidos es conocido como “web profunda” o deep web, que es donde se incluye información que no es indexada por los motores de búsqueda como Google, Bing, etc. Por el contrario, en la “web superficial” es donde podemos encontrar los resultados más comunes que devuelven los buscadores, como páginas de sitios comerciales o aquellos con alto tráfico.

Vale mencionar que también existe otra zona definida por algunos autores como la “Internet oscura”, impenetrable por su naturaleza, como los servidores protegidos por diferentes razones (seguridad nacional o militar), cuyo contenido queda aislado de nuestro campo de búsqueda.
Sin embargo, la web profunda es más accesible de lo que imaginamos.

En ella podemos encontrar documentos que no han sido almacenados bajo estructura HTML, como archivos para abrir o descargar en diferentes formatos: PDF, Excel, PPT (Power Point), incluso Flash y las extensiones que utiliza Google Earth.

Pero para esto se requiere paciencia y un elemento clave: sistematicidad.

Un ejemplo de cómo el rastreo sistemático profundo de la web puede ayudar a reportar hechos desconocidos al público puede leerse en este artículo publicado en el sitio de noticias Solo Local relacionado con el estudio del impacto ambiental del dragado marítimo, necesario para la instalación de una planta regasificadora en cercanías a la ciudad de Bahía Blanca, Argentina.

La publicación permitió reportar el acceso a los documentos que los ciudadanos venían exigiendo durante semanas y demostró que la municipalidad de esa ciudad demoró 34 días en subir esos contenidos a su sitio web, hasta entonces desconocidos.

Una búsqueda simple del tipo: "estudio de impacto ambiental + dragado + YPF" no arrojaba ningún resultado.

Pero otra estrategia sí dio en el blanco: para probar lo que se afirma en el artículo, hubo que apelar a capturas de pantalla, previa búsqueda avanzada de Google, restringiendo el formato (en ese caso PDF), acotando la fecha a los últimos siete días y buscando sólo dentro del dominio con la extensión “.gov.ar”.

Tips para periodistas:
  • Si deseas explorar un sitio web comienza con un método sencillo: explora el mapa del sitio, una práctica no común que será como una brújula capaz de orientar la búsqueda.
  • Es recomendable aprender a usar la búsqueda avanzada de todos los buscadores como la de Google: http://www.google.com/advanced_search.
  1. Para ello: utiliza el posicionamiento geográfico para obtener información desconocida de último momento. Ingresa el nombre de la ciudad en la que vives o sobre la que deseas obtener información en cualquiera de los dos primeros cuadros de texto. Si se trata de la ciudad de Bogotá, por ejemplo, deberás usar el primer casillero; si se trata de Buenos Aires, usarás el segundo, ya que por tratarse de un nombre compuesto es necesario que los resultados incluyan la frase exacta.
  2. Limita los resultados a la línea temporal más reciente: por ejemplo, última semana o últimas 24 horas. Del mismo modo, conforme el tipo de información que deseas encontrar, debes decidir el formato, por ejemplo, Excel, donde tendrás mayor posibilidad de encontrar tablas con estadísticas o evolución de gastos.
  3. Utiliza la restricción de dominios para encontrar información en sitios gubernamentales, añadiendo el nombre del sitio, sin las tres "W" o apelando solamente a la extensión del dominio, por ejemplo “.gov.ar” para sitios de Argentina.
  4. Aunque puedes hacerlo desde la búsqueda avanzada, también es posible usar la herramienta “tiempo” en la columna izquierda de Google, para buscar enlaces de último momento, por ejemplo, los publicados en la última hora.
  5. Debes conocer la ubicación del acceso a las búsquedas avanzadas de otros buscadores, como Bing.
Esta es la primer entrega de una serie de artículos con consejos sobre cómo encontrar información en la web.

Sandra Crucianelli, Knight International Journalism Fellow, es periodista, investigadora y profesora. Crucianelli se especializa en recursos digitales y el periodismo de datos. Ella es la fundadora y editora de Sololocal.info, una revista online que proporciona noticias hiperlocales sobre la ciudad de Bahía Blanca, Argentina, y ha sido instructora y consultora para el Centro Knight para el Periodismo en las Américas en la Universidad de Texas, Austin, desde el 2004.

Crucianelli se encuentra trabajando como consultora en La Nación, uno de los periódicos y sitio web de noticias más importantes de Argentina. Crucianelli trabajará en la creación del primer equipo de periodistas de investigación que rastrearán los ingresos fiscales destinados a los servicios públicos en el país. Como parte de este esfuerzo, está ayudando a La Nación a crear el primer blog sobre periodismo de datos, La Nación Data, un lugar donde los periodistas pueden publicar historias basadas en datos e invitar al público a responder y participar.

domingo, 29 de abril de 2012

El futuro del periodismo

Foto de Álex Ayala UgarteCada vez estoy más seguro. Y más cuando leo -y ahora comparto- experiencias de colegas que no necesitan las mezquindades de los medios (pequeños, medianos o grandes) para hacer el "auténtico periodismo". El verdadero. Aquel que trasciende y transforma. Estoy seguro que se puede. Estoy seguro que también tendrá consecuencias en la vida de las sociedades que nosotros nos animemos. También estoy seguro que tiene que haber talento, trabajo y esfuerzo. No es para nada una tarea sencilla. Como bien lo dijo el maestro Ryszard Kapuściński: "Nuestro trabajo consiste en investigar y describir el mundo contemporáneo, que está en un cambio continuo, profundo, dinámico y revolucionario. Día tras día, tenemos que estar pendientes de todo esto y en condiciones de prever el futuro. Por eso es necesario estudiar y aprender constantemente". Acá, un ejemplo: Álex Ayala Ugarte (foto). Un ejemplo de alguien que se atrevió a soñar.

Pero soñó que la mejor manera de contar un "trabajo de largo aliento" sería en formato libro. Pero el libro requiere de dinero. Dinero para costear los costos fijos. Costos que analizó y decidió financiar con plata de los futuros lectores. Lectores que se iban enterando del proyecto por la web http://www.verkami.com/projects/1139-los-mercaderes-del-che-y-otras-cronicas-a-ras-del-suelo. Una especie de caja de ahorro virtual o compra anticipada y cooperativista. Había que juntar plata (Euros) para que saliera a la luz "Los mercaderes del Che y otras crónicas al ras del suelo". Para materializarlo acudió al método de "crowdfunding" (una forma directa de financiar proyectos con la suma de aportaciones individuales http://www.verkami.com/page/about).

El propio Alex se tomó el tiempo de escribirlo y acá simplemente lo pego: "Gracias a la colaboración de todos vosotros, Los mercaderes del Che y otras crónicas a ras del suelo podría convertirse pronto justamente en eso: en un libro. En una obra con trece historias reales, hechos insólitos y decenas de personajes interesantes, como un rey negro que vive humildemente en un pueblo de Bolivia, un anarquista español que estuvo preso buena parte de la Segunda Guerra Mundial en un campo de concentración nazi y que después emigró a América Latina para iniciar una nueva vida alejado de la "civilización" o unos reos que se vieron obligados a custodiar su propia cárcel. Estos trece textos, que presentaré más adelante, tienen además una cosa en común: son locales pero con ingredientes que los vuelven universales. Es decir, hablan del poder, del paso del tiempo, de narcotráfico, de supervivencia, de temás, en definitiva, que resultan atractivos para la mayoría de los lectores, sin que importe mucho el lugar del planeta en el que se encuentren".
 
Álex x Álex
Nací en Vitoria en 1979 y estudié periodismo en el País Vasco. En 2001, tras ganar un concurso de periodismo de investigación, viajé a Bolivia para trabajar en un matutino local, donde me desempeñé primero como redactor y luego como director del suplemento dominical. A principios de 2007 me contrataron en el Semanario Pulso de La Paz como editor de periodismo narrativo, cargo que ocupé hasta finales de 2009. Y en 2010 fundé Pie Izquierdo, primera revista boliviana de no ficción. Además, a lo largo de estos años he colaborado con revistas como Etiqueta Negra, VQR y Paula. Y he completado mi formación en talleres impartidos por Alberto Salcedo, Jon Lee Anderson y Alma Guillermoprieto.
Les dejo un pequeño recorte de la descripción del proyecto en palabras de Álex: "Dice el periodista Julio Villanueva Chang que "para un cronista el mundo es una vitrina de valiosos desperdicios"; y que su trabajo consiste en "escarbar en él hasta tener la suerte de encontrar dos cosas a las que en apariencia nada une". Asegura además que el buen cronista es el que enciende la luz, el que cuenta no sólo lo que sucede, sino también lo que parece que no sucede. Yo añadiría que es a su vez aquel capaz de encontrar y escribir esas historias que, como el buen vino, permanecen luego durante mucho tiempo en el paladar de la memoria".

domingo, 22 de abril de 2012

Para reflexionar acerca de "la no verdad" en nuestra profesión

Llamar a la mentira "la no verdad" es un pésimo eufemismo. Pero es una forma de hacerlo. Es una de las tantas formas caprichosas de hacerlo. Es, básicamente, la riqueza a la hora de apropiarnos de las palabras lo que me permite ser un mentiroso o no serlo. Ser un buen o mal periodista. Hace apenas unos días le decía a mis alumnos que somos un montón de discursos todos en uno. Mezclados. Amontonados. Algunas veces coherentes, otras no. Nuestro principal recurso es la palabra: la propia y la ajena. Hoy pareciera que nuestra materia prima por excelencia entra en debate, asume cuestionamientos. Bienvenidos. Bienvenidos si aportan claridad y veracidad para la verdadera construcción social. Porque resulta interesante reflexionar acerca de la mentira y la verdad en el periodismo es que les acerco estos dos textos: por un lado, el de Margarita García Robayo http://www.margaritagarciarobayo.com/blog/archivos/762 "El dilema de la mentira" y, el otro, de Eliezer Budasoff "El hombre que se convirtió en espejo", publicado por la revista Soho http://www.soho.com.co/zona-cronica/articulo/el-hombre-convirtio-espejo/26277 . Me parece clave no olvidarnos de lo que alguna vez dijo el magistral Ryszard Kapuscinski:  "El verdadero periodismo es intencional, a saber: aquel que se fija un objetivo y que intenta provocar algún tipo de cambio. No hay otro periodismo posible".

El dilema de la mentira

Por Margarita García Robayo
Así como en Hollywood los escándalos suelen estar hechos de infidelidades, en el mundo periodístico están hechos de mentiras. Hace unas semanas, la biografía del polaco Ryszard Kapuscinski, escrita por su colega y amigo Artur Domoslavski, instaló –otra vez– la discusión sobre la mentira en el periodismo: “Algunos de los libros de Richi no pertenecen al estante de no-ficción”, dijo el biógrafo. Días después, apareció un caso más extremo, el de Tommaso Debenedetti, un periodista italiano que parece haber inventado una buena cantidad de entrevistas a escritores famosos: Philip Roth, John Grisham, Nadine Gordimer, Le Clézio, entre otros. El debate se encarnizó. 

Entonces me acordé de un famoso caso en la Argentina, bastante parecido al de Debenedetti: se llamaba Nahuel Maciel y era mapuche (o eso decía él). En sus fantasías, Nahuel entrevistó –y publicó en el diario donde trabajaba, El Cronista– a Vargas Llosa, Onetti, Umberto Eco, Ray Bradbury, García Márquez (cuya entrevista se volvió libro) y otros. Cuando todo se supo, el mapuche fue repudiado y se autoexilió en las lejanas tierras de Entre Ríos, y ahora es un líder ambientalista. Así, deben de haber millones de historias que hacen pensar que la mentira es a los periodistas lo que las niñeras a los maridos de Hollywood: una maldita tentación.
 
Trabajé varios años en una fundación de periodismo que queda en Cartagena. Se llama Fundación Nuevo Periodismo, la preside García Márquez y la dirige un señor genio llamado Jaime Abello Banfi. Fui testigo de muchas discusiones respecto de este tema –una de ellas provocada por la postulación del mentado Maciel a un taller– y lo que puedo decir es que la fundación es absolutamente proverdad, que no es para nada laxa en estas cuestiones; pero, sobre todo, es un lugar donde se reflexiona sobre las cosas que afectan el oficio periodístico y sus maestros suelen tener opiniones diversas sobre asuntos fundamentales. Recuerdo a Francisco Goldman diciendo en un taller algo así como (aclaro que no es una cita exacta, ya que estamos): “Cuando en mi investigación me encuentro con un solo hueco que no puedo llenar con datos verídicos, nace un texto de ficción”; o a Jon Lee Anderson contando cómo en The New Yorker –cuyos fact-checkers son fundamentalistas de la verdad– le podían parar una nota durante meses porque no podía confirmar el nombre exacto de una flor que había en un jardín afgano. Pero también vi de los otros: de los que decían que, si hay huecos, que se llenen con situaciones creíbles; y que el nombre de una flor importa menos que nada. Es decir, no hay una carta de principios ni dogmas preestablecidos, hay deliciosas jornadas de reflexión alternadas con meriendas tropicales.

Hecha esa precisión, puedo decir que, al menos yo –mera oyente–, no llegué nunca a anclarme en una postura única sobre el límite entre la ficción y la no ficción en textos periodísticos. Me parece que es difícil pensar eso en abstracto. Adoré los libros de Kapuscinski y enterarme de que algunos detalles podían no ser reales no me hizo ni cosquillas. Lo de los plagios es distinto porque allí ni siquiera hay un esfuerzo creativo, es un vulgar robo –y no hay nada más triste que la falta de creatividad y de ingenio en alguien cuyo trabajo depende en buena medida de eso–. Un periodista que plagia es, además de un delincuente, un tonto; un periodista que inventa puede llegar a ser un inmoral, un delincuente incluso (porque su invento suele afectar a un tercero: al entrevistado ausente, por ejemplo), pero el resultado de su invento es lo que determinará, en última instancia, si es un tonto irremediable o un tipo talentoso pero mitómano, o si es alguien sin ton ni son que arriesgó su credibilidad en vano. Puede que en el periodismo haya demasiados debates éticos a priori; supongo que se necesitan para ir estableciendo códigos en el oficio. Pero supongo también que –independientemente del oficio– debería bastar con aplicar el principio simple de la transparencia: yo soy fulano y esta historia es una invención. Y si es una buena historia encontrará editores que la publiquen y lectores que la lean. Quizá ya no le llamen a eso periodismo, pero a quién le importa: la etiqueta “periodismo” no es, así solita, sinónimo de pieza magistral.
 
Pero los detalles son otra cosa y lo malo de estas discusiones es que todo se confunde y se salpica. Los detalles, para mí, están en función de la historia. Si a la historia le ayuda que una nena fea lleve un lindo lacito en su cabeza amorfa, no estoy en contra de ponérselo. Según el canon más clásico, eso no es periodismo; según el canon más clásico, la etiqueta de un periodista que hace eso vendría adjetivada: “periodista mentiroso”. Por eso, con perdón, desconfío de los cánones y de las etiquetas y de los estantes de libros categorizados: porque no piden contexto, al contrario, exigen reducciones. Pero parece que el mundo necesita las etiquetas para no confundir arena con harina; porque están los Debenedetti y los Maciel, mentirosos compulsivos o bromistas sofisticados, vaya a saber, que revuelven el frasco denso de los códigos y alguien, muchos, todos, tienen que salir a aclarar lo obvio: señores periodistas, mentir está mal –así dicho, quién podría oponerse–. Y con eso, al menos por un rato, consiguen salpicar las mejores historias.

El hombre que se convirtió en espejo

Por Eliezer Budasoff
Nahuel Maciel no se llama Nahuel Maciel ni habló nunca con García Márquez, Vargas Llosa o Carl Sagan, aunque publicó entrevistas con ellos en la prensa argentina. Crónica que acaba de ganar el premio Las Nuevas Plumas, sobre un periodista fantástico en todo el sentido de la palabra.

El Mesón de Jeremías es un restaurante que no existe, ubicado en un punto preciso de la costanera de Gualeguaychú, frente a la isla Libertad. Lo inventó Nahuel Maciel, que no se llama Nahuel Maciel, para poder escribir sobre cocina en el diario El Argentino: los clientes de Jeremías nacían al llegar al lugar y morían un párrafo después del proceso de cocción, una vez agotadas sus historias de pasiones cotidianas, la receta, el espacio disponible para el texto.

—Algunos lectores llamaron al diario para saber cómo podían llegar al restaurante –dice Maciel, mirando hacia el río. Es de noche, la orilla está iluminada.
—En un momento llegó a haber como diez o quince personas que aseguraban que habían comido en el mesón de Jeremías. Era una ficción, ¡un recurso!
Maciel abandona una sonrisa a mitad de camino y apura el cigarrillo. Lo tira. Lo pisa.
—Pero claro, algunos ya preguntaban: “¿Volviste a las andanzas, Nahuel?"

A principios de los noventa, Nahuel Maciel se convirtió en leyenda por plagiar e inventar con eficacia, sin vacilación, largas entrevistas a personalidades como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Juan Carlos Onetti y Carl Sagan, que fueron publicadas entre 1991 y 1992 por el suplemento de cultura de El Cronista. Los hechos a los que nos referimos ocurrieron hace dos décadas, en Buenos Aires, y se prolongaron algunos años en Paraná, capital de Entre Ríos, donde se fue a vivir después del hito más conocido de su pasado, lo que se considera el punto más elevado al que lo llevó el ciclo ascendente de la mitomanía: en 1992, ante una sala repleta de 500 personas, el joven Maciel presentó en la Feria del Libro de Buenos Aires Elogio de la utopía, una edición de conversaciones ficticias o copiadas con García Márquez, prologada por un texto de Eduardo Galeano que Galeano nunca escribió, con un prefacio a cada capítulo plagiado casi literalmente de un libro del sacerdote argentino Mamerto Menapace, a cuyos textos les había cambiado la palabra ‘Dios’ por ‘utopía’. 

Nahuel Maciel tiene 47 o 48 años, y hace más de diez que trabaja en Gualeguaychú, una ciudad entrerriana de 90.000 habitantes, en el límite con Uruguay, famosa en el país por sus carnavales. Un lunes de agosto de 2011 le pregunté si había nacido en Entre Ríos. Estábamos en su oficina, en la redacción del diario El Argentino, sin grabadores. “No –me dijo–, no sé, no sé”, y su mirada se tornó esquiva un instante. En otra vida llegó a tener varios documentos, dijo. En el de ahora, ha dicho, figura como Arquímedes Benjamín Maciel. Pero hace veinte años que firma las notas con el mismo nombre.
Nahuel Maciel, que no se llama Nahuel Maciel, no se cambió el nombre.
“El pasado te alcanza siempre”, me dijo esa tarde.
Nahuel Maciel no quiere que escriba sobre él.
“Estoy cansado, flaco”, me dijo.
“Me han matado”. 

El último que mató a Nahuel Maciel fue Eduardo Montes-Bradley, un polemista argentino que hace documentales, porteño por adopción, cuya perspectiva particular de la realidad nacional, en este caso, podría describirse como la mirada de un turista extranjero indignado: una señora pituca de Buenos Aires que acaba de volver al país después de unas largas vacaciones en Miami, y todo lo que ve a su alrededor le genera pánico moral y rechazo estético. Así es como suena. En 2004, Montes-Bradley leyó una nota sobre Maciel en la revista Noticias, ‘El gran simulador’, y se fue a Gualeguaychú con una cámara, a buscar una complicidad que no halló. “Habla el más exquisito embaucador del periodismo, tras años de anonimato. La increíble historia del hombre que inventó hasta un libro con García Márquez”, decía la presentación de la nota, y llevaba la firma de Emilio Fernández Cicco, periodista conocido por postular “una forma salvaje de hacer crónicas” (el “periodismo border”) basada en la experiencia directa. Era un diálogo telefónico grabado a distancia, redactado con la aparente pretensión de ocultar con sarcasmo una mirada superficial. 

—¿A vos te costó encontrarme? –pregunta Nahuel Maciel apenas se sienta en la mesa del bar. Es la primera vez que nos vemos. La pregunta es retórica–. ¿Viste? Después sale que estoy escondido. Que estoy en el anonimato: todas las semanas firmo mis notas con el mismo nombre. Trabajo en una empresa que cumplió 100 años. Cada vez que quise contar que estoy agradecido (porque había que tener huevos para tomarme entonces, cuando me tomaron en El Argentino), sale que estoy escondido.
—Pero yo no pondría esas cosas.
—Sí, todos dicen lo mismo. Te puedo hablar de la mala praxis con nombre y apellido. Te puedo hablar de la confianza, porque la perdí en mí mismo. Yo escribía algo y decía: “Pero ¿esto es mío o creo que es mío y lo leí?”. Tuve que laburar mucho la confianza en mí. Y después tenés que bancarte que cualquier boludo venga a cobrarte una factura, y vos ni lo conocés. ¿Y vos quién sos? 

Eduardo Montes-Bradley. Su ‘documental-ensayo’ El gran simulador, presentado en Uruguay como No a los papelones, se estrenó en Punta del Este en enero de 2007, en pleno conflicto argentino-uruguayo por la instalación de una inmensa fábrica de pasta de celulosa en Fray Bentos, frente a Gualeguaychú, del otro lado del río Uruguay. Montes-Bradley sale de Buenos Aires, maneja 226 kilómetros, llega a Gualeguaychú, se escandaliza porque ve carteles rotos en las calles, busca a Nahuel Maciel, se frustra por su modo de reconocer el pasado, busca polémica entre los ambientalistas, se escandaliza con la clase media entrerriana, se burla de sus argumentos contra la contaminación, busca a Nahuel Maciel, se frustra porque habla en serio de sí mismo, filma íconos religiosos en la ruta, y todo eso lo lleva a concluir que “la simulación y la impostación en este país son extraordinarias”, y que sus compatriotas son unos imbéciles, y todo eso lo escandaliza y lo frustra muchísimo. Uno no entiende por qué en las críticas del film se repiten tanto las palabras ‘provocador’ y ‘provocación’.

—Buscá ‘prestigio’ –dice Maciel, y me pasa uno de los libros marrones que forman una pila en su escritorio, al lado de la computadora. Es una edición vieja, en tomos, del diccionario de la Real Academia, con tapas semiduras y ribetes descoloridos por el uso, por el paso del tiempo.
—“Prestigio: del latín preaestigium… Engaño, ilusión o apariencia con que los prestigiadores emboban y embaucan al pueblo…”.
—¿Viste? Cuando te dicen que alguien es “un prestigioso periodista”, hay que tener cuidado con lo que están diciendo.
Me mira de reojo.
—Y este no es un diccionario que escribió Nahuel Maciel, eh.
Nahuel Maciel, que no se llama Nahuel Maciel, es un personaje trágico y un hombre feliz.

* * *

—A Paraná cayó a principios del 93. Nosotros hacíamos el semanario, pero ya estábamos con el proyecto del diario. Cayó con los libros que había publicado con El Cronista: se conoce el de García Márquez, pero tenía más, como cuatro o cinco. Vino a preguntar qué podía hacer. Y yo lo puse a capacitar gente.
Dice Daniel Enz, director del Semanario Análisis de Paraná y exdirector de Hora Cero, el diario donde Maciel empezó a trabajar cuando se fue de Buenos Aires.
—Justo me faltaba alguien que me ayudara a preparar gente para la redacción del Hora Cero. ¿Entendés? Entonces lo puse a hacer una especie de taller intensivo para varios, que fue lo que hizo durante tres o cuatro meses. Y lo hizo bien. Al loco le gusta enseñar. Además, Nahuel es bueno en eso: tiene mucha parla. 

“Me presentan un tipo morocho, de barba, flaquísimo, muy locuaz pero a la vez muy tímido, de gestos muy suaves, de palabras muy suaves y cuidadosas, muy caballero. Muy seductor: no solo con las mujeres sino con todo el mundo, incluso con los niños. Y de veras que tenía una impronta muy diferente a todos nosotros. Maciel era de una madera distinta. Pero a todo esto lo puedo ver ahora. Lo puedo leer ahora, después del paso del tiempo”, dice Marcela Canalis, y en realidad logra que su descripción tenga el destello de un trance, que es como recuerda esos años: con la consistencia de una atmósfera cálida, un poco alucinada, que no se diluye a pesar de los ruidos de la esquina más transitada de Paraná un lunes a mediodía. 

En 1993, Marcela Canalis regresó a vivir al Litoral argentino después de pasar ocho años en Buenos Aires, y Enz la convenció para que se sumara al proyecto de Hora Cero, donde terminó al frente de las producciones especiales. Canalis tenía experiencia en gestión cultural y en televisión, pero nunca había hecho gráfica. Esos primeros días le pidieron que ayudara a organizar los talleres que iba a dar Nahuel Maciel, un periodista recién llegado, que venía con credenciales de Le Monde. 

—Él mantenía una distancia con nosotros. Era un profesor, y realmente lo era. Asumió ese rol entonces, como luego asumió un montón de otros roles. En ese momento, cuando estaba en la cresta de la ola, él era el personaje que vos querías que él fuera. 

“¿Un indio mapuche que hace entrevistas por fax? El concepto no podía ser más fascinante. Tenía ese contraste que tanto nos seduce a los periodistas: esa mezcla del mundo primitivo y la hipercivilización”, escribiría después Mario Diament, exdirector de El Cronista, en una versión de la historia que publicó en 1996 en la revista Noticias. 

La primera vez que Maciel apareció en la redacción de El Cronista, cuenta Diament, fue a finales de 1991, una mañana que a la editora de El Cronista Cultural se le había caído su nota principal: “Se presentó como un indio mapuche que había escrito artículos para Le Monde de París y el National Geographic, algunas de cuyas fotocopias traía consigo para probarlo. Venía a ofrecer –dijo– una entrevista con Mario Vargas Llosa que había realizado vía fax, lo cual, para una editora que ve pulverizarse la nota principal del suplemento, caía como maná del cielo”.

El pasado mítico de Nahuel Maciel (su crianza o filiación indígena, su conexión con grandes figuras literarias y con medios gráficos internacionales) operó con la misma eficacia cuando apareció por primera vez en El Cronista, en Buenos Aires, y cuando llegó a Paraná, dos años después. En Entre Ríos, sin embargo, se reconoce como un plus, como una atenuante y un rasgo de genialidad a la vez, el hecho de que la prensa porteña haya sucumbido primero, tan voluntariamente, a la figura del descendiente de mapuches que hacía entrevistas por fax; el hecho de que Maciel hubiera penetrado tan limpiamente en las grandes estructuras de la capital, que se suponen más evolucionadas e inaccesibles. Una mirada igualmente improductiva para la realidad de Nahuel Maciel, que solo reconoce como motor íntimo la mezcla fatal de insatisfacción y locura que cargaba esos días. 

—Yo tuve mil oportunidades de zafar en el 92. Podría haber dicho: “Con esto demostré la mediocridad, primero, del mercado cultural argentino y, segundo, la debilidad del sistema, que cualquier cosa se publica”. Y quedaba como un capo. Primero me iban a hacer papilla nacional, pero después me convertía en un héroe: el caso va a la universidad y se estudia. Pero era mentira. Yo sabía que no era así. Aquello fue un error. ¿Cuál fue el error? No separar entre la fantasía y la realidad.
“Error involuntario”, dice Maciel, es una expresión redundante.
Y pone en marcha el auto.

* * *

En diciembre de 1995, Eduardo Galeano publicó una nota en el semanario uruguayo Brecha –‘Resignación’–, en la que narraba el hallazgo del prólogo que supuestamente había escrito para el libro de Maciel: se había topado con Elogio de la utopía por casualidad, en una biblioteca de Estados Unidos, tres años después de su publicación. Galeano, que nunca escribe prólogos, advertía al comienzo de este prólogo: “Es tarea y es propio de los maestros prologar las obras de sus discípulos, pero lo cierto es que no considero a este joven periodista como un discípulo, puesto que casi siempre es él quien me enseña”. En Argentina, los libros se habían quitado de circulación tiempo después de la presentación: fueron recuperados y quemados ante escribano público cuando el sacerdote Mamerto Menapace envió a los editores las pruebas del plagio.

En junio de 1996, a seis meses de la nota de Galeano, Mario Diament publicaba su versión del paso de Maciel por la redacción de El Cronista. Allí, en su texto ‘Inventando a Gabo’ decía lo siguiente sobre el libro que había derivado en la ruptura definitiva del idilio con Maciel: “No pude asistir a la presentación, pero pregunté al día siguiente cómo había salido todo, y si Galeano había estado presente, y todo el mundo me aseguró que sí”.

Los finales de las relaciones también tienen un mito de origen. Para Diament, por ejemplo, la relación con Maciel se comenzó a derrumbar con un muerto: Shmuel Yosef Agnón, escritor israelí que recibió el Nobel de Literatura en 1966, fallecido en 1970. Una tarde, escribe Diament, cuando Maciel ya se había convertido en colaborador permanente de El Cronista, Nahuel se le acercó en la redacción para preguntarle si le interesaba “una nota con el premio Nobel israelí I. S. Agnón”: 

—¿Él quiere hacerla? –le pregunté.
—Bueno, se puede intentar –me respondió, masticando su bigote como solía hacerlo–. Tengo buenos contactos.
—Tienen que ser muy buenos –le dije–, porque resulta que Agnón está muerto.
“Se quedó cortado un momento, y luego murmuró: ‘No lo sabía’”, cuenta.
Y también cuenta esto: que después de ese episodio, que había profundizado sus inquietudes, Maciel publicó en El Cronista una entrevista más, a Juan Carlos Onetti –que era conocido por su aversión a las entrevistas–, antes que “se impusiera una veda a la publicación de sus notas”.
—Yo siempre me peleo con los periodistas porteños: ninguno hizo nada para ver cómo lo sacaban adelante a Nahuel. Todos lo condenaban, pero ninguno hacía nada. Cuando yo cuento la historia, todo lo que hicimos con Nahuel y cómo se recuperó, los porteños no saben dónde meterse. Se meten la lengua en el ojete –dice Enz–. Y terminan pidiendo perdón. 

Hay tres cosas que cualquier periodista de Entre Ríos sabe sobre Daniel Enz: que su furor por el periodismo es ingobernable, que sus empresas han sido duras pagadoras, y que su reflejo de protección a quienes considera en situación de extrema debilidad es instintivo y está por fuera de todo cálculo. Para mayo de 1994, cuando comenzó a salir a la calle Hora Cero, el rango de Maciel en la estructura de la redacción había entrado en transición. “Lo puse al frente de un suplemento de la zona de La Paz (interior de Entre Ríos). Él coordinaba todo eso y hacía una contratapa. Ahí encontramos que su contratapa tenía similitudes con algunas notas de Soriano. Entonces yo empiezo a averiguar: ahí me entero”, dice Enz. 

Un llamado a un colega en Francia confirmó que Maciel no trabajaba para Le Monde, y tendió una soga de pólvora hasta Buenos Aires, donde estaba anudada a una bomba con su pasado reciente. Enz se asesoró, confrontó a Maciel con las pruebas, le ofreció ayuda profesional, y lo puso a producir en segundo plano, para que pudiera seguir escribiendo.

—Nahuel tiene una capacidad de producción como pocos. Puede escribir un suplemento de doce páginas por día, si quiere. Además, porque le vuela el mate. Y le encanta jugar así, al límite entre la verdad y la ficción –dice Enz, mientras su coche traquetea por calles de tierra, en las afueras de Paraná, antes de tomar la ruta hacia Gualeguaychú. 

“Él había caído en desgracia y yo necesitaba gente que escribiera. No podía escribir un suplemento por día los siete días de la semana: ni me interesaba ni era mi rol. Entonces me dieron a Nahuel. Hacíamos un suplemento que se llamaba Chau chau cocina, y a lo mejor, ponele, paralelamente, nos tocaba hacer uno sobre Evita. O sobre Perón. Y él escribía, desde textos sobre los funerales de Evita hasta unas notas espectaculares sobre vinos. Vos pensá que no se podía googlear. No era que él entraba a una computadora y se ponía a cortar y pegar. Él se sentaba en una máquina, te hacía la nota y te la traía, escrita magistralmente”, recuerda Canalis.

* * *

“Google es el oráculo de los mediocres”, me dice Nahuel Maciel otro lunes, frente al mismo río.
Es la segunda vez que nos vemos. Maciel no ha cambiado su opinión respecto de la nota. No le interesa hablar del pasado. “No es una película –dice–, yo al principio pensé que era una película, pero esto no tiene final feliz”. 

Le digo que su presente parece contradecirlo. Que se lo ve entero. Que parece feliz.

—Claro, yo soy muy feliz. ¿Para qué tener una charla, entonces? ¿Para qué pelearme con un sentimiento, si después sale publicada cualquier cosa? Tengo una actitud que es reparadora: hacer lo que tengo que hacer, de la mejor manera posible, sabiendo que no tengo margen para el más puto error. Vos podés escribir una crónica y olvidarte una cita, y no pasa nada. Yo no puedo. ¿Entendés? No tengo derecho al olvido.

“Hay cosas con las que no podría convivir; con eso puedo convivir. No sé si está bien o está mal: a mí me joden otras cosas. Pero yo vi un veneno terrible. Cuando llegaron detalles de la situación de él, hubo gente que hizo causa común. Gente que decía: ‘Nos estafó a todos’. Y yo decía: ‘¿Pero desde qué lado…?’”, recuerda Alfredo Ibarrola una mañana de septiembre de 2011, tres meses antes de ser nombrado secretario de Cultura de Paraná por su extensísima experiencia en el área. Ahora, en la vieja estación de trenes donde funciona su oficina, Ibarrola regresa a esa época, hace diecisiete años, en la que lidiaba con su separación, con la muerte de su padre y con la distribución del diario Hora Cero. Durante algunos meses, Ibarrola alojó a Maciel en una casita que había alquilado en calle Misiones, en Paraná. Ambos compartieron, simultáneamente, el hogar y la intemperie: los dos asistían entonces al derrumbe de lo que habían sido sus vidas hasta hace muy poco. Ibarrola disfrutaba de estar con Maciel, cuenta, de su humor ácido y de su conversación, y no hacía demasiadas preguntas. Tenía suficiente con sus propios demonios.

—Yo estaba tratando de no caer en la depresión, mis hijos me daban mucha mano y Nahuel fue uno de los tipos que estuvieron ahí, que se quedaron cerca. Después en un momento tomó su rumbo. Cuando termina Hora Cero, él se va a Concepción del Uruguay. Ahí conoce a su actual mujer, tuvo un hijo, tuvo una hijita. Cuando retomé el contacto, ya estaba en Gualeguaychú hace varios años. Lo vi estabilizado como persona, ya fuera del personaje. Lo que pasa es que yo también veía que había cosas que lo perseguían y que lo van a seguir persiguiendo de por vida.

Me digo que es una exageración: que los periodistas que llegan a Maciel buscando a ese impostor fabuloso, y lo reconstruyen tal como necesitan que sea y no como es, no son enviados por los dioses del olimpo periodístico a comerle el hígado, como castigo, cada vez que le crece uno nuevo. Que haber desafiado –desconocido, burlado, actuado como si no existieran– los códigos de un sistema que se propone representar ‘la realidad’, no es lo mismo que revelar el secreto del fuego. Que es un despropósito hablar de Prometeo, o de su análogo Loki, ese personaje camaleónico de la mitología nórdica, de maldad atenuada, que se mezcló libremente con los dioses, los estafó, y fue castigado. Pero uno a veces necesita recurrir a los mitos, para que el propio relato no se convierta en uno. Porque hay una lógica de fábula que persiste en esta historia si evadimos la comodidad del maniqueísmo: Nahuel Maciel, haya sido o no su voluntad, terminó revelando que ese olimpo también estaba construido de palabras y de creencias, que esas proezas y esas jerarquías también eran obra de unos hombres y de sus ambiciones. Que también se cree porque se quiere creer.

—Nahuel nos marcó a todos, porque interactuó con todos. Era tan Zelig, que con cada uno se relacionaba desde otro lugar. Era un poco la exacerbación del personaje de cada uno. Los varones grandes, por ejemplo, lo tenían allá, a la distancia. Creo que les puso un espejo a todos. El espejo de la propia invención que uno hace de uno mismo, ¿no? Todos hacemos un personaje. Y si no tenés eso más o menos claro… Cuando te ponen frente a ese espejo, sobre todo a los varones, a los machos alfa de la redacción, les provocaba un pánico, un terror. 

Canalis tantea su atado de cigarrillos de arriba de la mesa. Saca uno. Lo enciende. Exhala.

—Me parece que lo que pasó fue eso: que fue un espejo para todos. Y los que estábamos más o menos bien de la cabeza, o peor, pudimos no asustarnos con ese espejo –dice, y se queda unos segundos en silencio. Alrededor hay menos ruido. Son casi las 14:00.
En Paraná, la agitación de mediodía cede lugar a la siesta.